Tienes una sólida carrera como escritor de thrillers. ¿Qué te ha llevado a escribir una novela histórica?
Quería escapar de las restricciones culturales e ideológicas del mundo contemporáneo. La mentalidad moderna anglosajona, en la que me incluyo, sufre muchas limitaciones psicológicas y políticas en lo relativo a los sentimientos y a su expresión. Me cansé de tener que instalar estas neurosis en mis personajes. Para mí, fue un placer viajar hacia un mundo que, con todos sus males, no era un mundo neurótico. Y hay que añadir que, al final, los males de aquel mundo y los nuestros no son tan diferentes. He disfrutado creando personajes con unos impulsos y unos sentimientos libres, es decir, no contaminados por el narcisismo del siglo XXI. Nos gusta vernos a nosotros mismos como las personas más «libres» de cualquier época, y en muchos aspectos es cierto; pero, en términos de emociones elementales e impulsos, el siglo XVI ofrece unas oportunidades mucho mayores para mostrar a seres humanos atrapados en sentimientos elementales, primarios. Ahora vivimos más tiempo, con más salud, más cómodos, más tranquilos -quizás más civilizados- y eso es algo maravilloso. Pero como escritor -y como lector- me siento atraído por las vidas peligrosas, difíciles, audaces, apasionadas e incivilizadas.
¿Qué es lo que encuentras tan fascinante en el siglo XVI?
El siglo XVI ofrece un mundo de riqueza sin igual. Europa había renacido de la oscuridad de la Edad Media, y toda la exuberancia, locura, atrevimiento y creatividad de la juventud puede encontrarse en los actos y el espíritu del Renacimiento. Muchos pilares -religiosos, políticos, artísticos, sociales y científicos- se tambalearon, de forma que fue necesario, en los siglos siguientes, establecer nuevas normas para controlar ese cambio exuberante y radical. Es un proceso que continúa en nuestros días. El concepto actual de «libertad» no existía realmente entonces, y, paradójicamente, creo que la mentalidad en el Renacimiento era más libre. La «libertad» como concepto -como una filosofía moral y política definida, como de costumbre, por unos pocos- no es, al fin y al cabo, más que una nueva jaula para la mente. Occidente -si me permites utilizar un término tan ambiguo- exporta «libertad» de forma tan brutal y con tanta ceguera y prepotencia como los poderes del siglo XVI exportaban religión, aunque quizás con menos convicción y honestidad. Si uno quiere de verdad saber lo que pueden conseguir los espíritus y las mentes libres, debe mirar al siglo XVI, no al nuestro. Y esto es verdad en muchos aspectos. El siglo XVI fue un siglo de aventureros, exploradores y gente que buscaban no sólo lo desconocido, sino lo inimaginable: en religión, en filosofía, en ciencia, en comercio, en arte, en literatura, en navegación, en la guerra. De forma bastante literal, el hombre buscó los límites del mundo, y no sólo del mundo, sino del universo, de la propia eternidad. Las reglas no habían sido escritas aún. Ahora vivimos en una espesa red de reglas. Hombres como Cortés, Magallanes, Miguel Ángel, Copérnico, Shakespeare, Paracelsus, Clavin, Vesalius -por nombrar sólo un puñado de las muchas figuras extraordinarias- cogieron la vida por el cuello y fueron adonde nadie había ido antes. Claro que también fue un mundo de crueldad, injusticia, pestilencia y miedo, pero también lo es el nuestro, y los horrores de la era del siglo XVI (muchos de ellos causados por carencias técnicas) de ninguna manera invalidan su gloria.
Leyendo tu libro, uno casi puede sentir una cierta admiración por los hombres y mujeres que vivieron en esos tiempos…
Sí, tengo una gran admiración, incluso envidia, hacia los hombres y mujeres de esos tiempos. Si me permites ser un poco grosero, era una gente que tenía pelotas, y el nuestro es un mundo con pocas pelotas. El suyo era un mundo de desobediencia épica, valor y desafío, mientras que el nuestro es un mundo de obediencia, autocompasión y timidez. Podría extender esa lista de figuras históricas en muchas páginas, y todas ellas serían revolucionarias. Hay que hacer notar que la palabra «revolución» en su sentido político (es decir metafórico), deriva del escrito de Copérnico Sobre las revoluciones de las esferas celestiales. Él utilizaba «revolución» en el sentido estrictamente astronómico -el movimiento-, pero su trabajo fue tan «revolucionario» que la palabra adquirió su sentido actual, más familiar. Al escribir La Orden quería capturar ese espíritu de desafío, de pasión, de libertad revolucionaria. Me encanta. En la novela, este espíritu se encarna de forma distinta a través de cada personaje.
¿Por qué elegiste el asedio a Malta como escenario de tu novela?
En primer lugar, me pareció uno de los más apasionantes relatos de drama y batalla heroica de toda la historia. Incluso ahora, después de trabajar durante años en el tema, me dan escalofríos al pensar que aquello sucedió realmente. Y éste es un buen momento para decir que, por muy extraordinarios que los personajes y los hechos de mi novela puedan parecer, la realidad fue sin duda aún más extraordinaria. Además, me ofreció la oportunidad de explorar el siglo XVI en un ámbito mucho mayor que el del propio asedio. Una de las características más sorprendentes de La Orden de los Caballeros de San Juan es que estaba organizada según el principio de identidades nacionales dentro de una visión paneuropea, en una época en la que la noción de unidad europea estaba todavía a casi mil años en el futuro. La idea de escribir una novela que exigiera un reparto proveniente de Alemania, España, Gran Bretaña, Italia y Francia (los países de origen de los cinco principales protagonistas), y de muchos otros países, me resultaba muy atractiva. Y no sólo eso: el ejército otomano estaba compuesto de gentes con muchos orígenes culturales: turcos, griegos, serbios, de Oriente Próximo, del norte de África, etcétera. Durante el asedio, en esta pequeña isla se hablaban más de cuarenta idiomas. La idea de que el mundo entero hubiera llegado a esta remota roca, en un extremo del mundo, para librar una guerra sangrienta era muy excitante y además tenía una carga simbólica sobre el genio y la locura de la raza humana. Me pareció que tenía algunos ecos de las guerras actuales en Afganistán e Irak, donde se han congregado hombres de armas de todos los lugares de la Tierra. El asedio de Malta también muestra el conflicto entre culturas y religiones, Occidente contra Oriente. Pero la razón principal fue que, sencillamente, el asedio es una de los momentos más excitantes de la historia.
¿Tuviste que documentarte mucho sobre los hechos, los vestidos, las armas?, ¿disfrutaste haciéndolo?
Realicé un trabajo de investigación enorme, y me encantó hacerlo, entre otras cosas porque me dio una excusa para visitar Malta, Estambul y Roma. Los grandes hechos fueron bastante fáciles de establecer. Lo que me resultó un mayor desafío fue ser exacto con los detalles de la vida de cada personaje y con los pequeños detalles de la vida cotidiana. Debo decir que la exactitud de la novela ha sido considerada «excepcional» por algunos de los más eminentes historiadores expertos en Malta y en La Orden de San Juan. Fue interesante descubrir que, a menudo, los libros de texto oficiales contienen errores históricos, pero puedo decir con seguridad que La Orden no contiene ninguno.
Todos tus personajes son complejos, ricos en matices. Parece que deliberadamente huyes de los estereotipos de buenos y malos…
Unos pocos seres humanos nacen para ser adorables, y otros pocos para ser despreciables, pero la gran mayoría de nosotros nos encontramos en algún punto intermedio y tenemos ambas características. Nuestro mundo parece estar dominado por gente que nos dice que deberíamos ser mejores, y muchos de ellos terminan siendo criminales y mentirosos. De forma que no me interesan las etiquetas de «buenos» y «malos», que a menudo no son sino ilusiones, y que suelen representar un punto de vista y no la verdad absoluta. La guerra es sin duda la actividad humana colectiva más compleja y misteriosa. Todas las guerras utilizan la bipolaridad de «buenos contra malos» o «los que tienen razón contra los que no», pero en realidad estas definiciones son la peor forma de entender un conflicto. Las guerras actuales, en Irak, en Afganistán, contra el «Terror», son perfecto ejemplo de esto. Las alianzas son tribales y políticas, no morales. La mayoría de la gente tiene razones de peso para actuar como lo hacen, y lo que hacen los lleva a un conflicto con otros, y esas razones y esos conflictos son lo que me interesa a mí, no quién es «bueno» o «malo». Todos mis personajes tienen algo de bueno y algo de malo -quizás con la excepción de Amparo, que es un espíritu puro-. El «villano» de La Orden es Ludovico, pero cada vez que me metía en su mente estaba de acuerdo con lo que hacía. Le quería. Tiene tanta fuerza y dignidad como el protagonista, Mattias. Y, de la misma forma, Mattias es capaz de mostrar una crueldad sin remordimientos. Como nos mostró Shakespeare, el compromiso con los personajes es el único camino hacia los grandes dramas.
También muestras al lector algunos aspectos de la vida y de la guerra en el lado otomano. ¿Crees que el mundo antiguo islámico es un territorio poco explorado en la literatura actual?
No estoy suficientemente familiarizado con la literatura actual para contestar esta pregunta con autoridad. Sin embargo, sí creo que una buena parte de la literatura actual -al menos en inglés- es muy autocomplaciente y tiene una estrecha visión y poca ambición. Esto no es sorprendente, y es una expresión más de nuestro gran narcisismo occidental (o al menos angloamericano). La literatura rara vez se aventura más allá del entorno de sus autores, mucho menos en el mundo antiguo. Para mí, las neurosis del mundo moderno, incluidas las mías, son aburridas. Ya que las vidas de la raza humana nunca han estado tan interconectadas como ahora, y que nunca ha habido un peligro y un conflicto tan globalizados, me sorprende que la literatura en general muestre tan poco interés. En Gran Bretaña, la novela de mayor éxito en 2007 fue un libro sobre la eyaculación precoz. Uno puede decir «¡qué apropiado!». Pero, mientras tanto, el mundo sigue en llamas con enormes conflictos primigenios. Diría que la enseñanza que podemos sacar al estudiar civilizaciones antiguas, incluida la nuestra, es que la mayor parte de la raza humana aún está motivada por los mismos y poderosos instintos primarios. Los occidentales inteligentes se asombran una y otra vez ante los acontecimientos mundiales «¿Por qué no pueden ser todos como nosotros, que sabemos lo que hay que hacer?», parecen preguntarse. Y pretenden mostrar una repulsa moral ante esos impulsos. Pero eso no contribuye a que entendamos a los otros. Explorar el pasado puede ayudarnos a ver esos aspectos fundamentales de nosotros mismos que hemos enterrado y reprimido.
Mattias -y con él el lector- adopta una postura escéptica hacia el fanatismo religioso, pero al mismo tiempo de alguna manera se siente fascinado por su poder sobre los hombres… ¿Compartes esta visión?
Completamente. Hay un éxtasis en el fanatismo, que Mattias ha conocido -una liberación de las cargas y responsabilidades de la conciencia, que se disuelve en la experiencia colectiva-. En algunos momentos siente su seducción de nuevo, especialmente en la batalla, que es en sí misma una de las experiencias colectivas definitivas. Pero también es un hombre que sabe que el precio del fanatismo es su alma. Es un individualista, un hombre que al final ha conseguido pensar por sí mismo y ha construido su propia lista de creencias a partir de su experiencia y del mundo que le rodea. Y, en ese punto, no tiene ningún deseo de forzar a nadie a pensar igual. Creo que es lo que todos deberíamos hacer. Una parte de mí desearía ser un fanático; eso haría mi vida más sencilla. Verdaderamente, no desprecio a los fanáticos; de alguna forma, los admiro y envidio su convicción. También creo que culparlos -y peor aún, culpar a la religión en general- por los males del mundo es un sinsentido. La religión es uno de los impulsos más hermosos y civilizadores de la historia humana.La Orden no es en absoluto un libro antirreligioso, ni mucho menos anticristiano o anticatólico. La novela está llena de admiración hacia la Iglesia católica y la belleza de sus rituales y sus principios. El hecho de que algunas figuras políticas de la Iglesia fueran alimañas es un asunto totalmente distinto. Lo mismo se puede aplicar a la democracia; de hecho, en la política las alimañas son la norma; eso no significa que haya que condenar a la democracia como concepto. Al final, Mattias alcanza una relación nueva y personal con Cristo. Es un hombre religioso. Sin Dios, sin una vida espiritual, la vida se empobrece, como hemos descubierto en el mundo occidental moderno, aunque odiemos tener que admitirlo.
Tus escenas de batalla son excelentes, brutales y realistas, escritas con un detalle impresionante. ¿Cómo las escribes, cómo te metes en la acción?
La perspectiva de narrar escenas de batalla fue mi verdadera motivación para escribir el libro. No podía esperar llegar a esas secuencias, y fueron las más fáciles de escribir. Debo añadir que, aunque hay muchas de esas escenas en el libro, el auténtico asedio a Malta contenía muchas más. Las sangrientas luchas de mi novela no son más que una sombra perfumada de lo que sucedió realmente. Aunque están escritas desde el punto de vista de un personaje determinado, todos los enfrentamientos militares de la novela tuvieron lugar tal como están descritos. Cuando los vemos así, casi siempre a través de los ojos de Mattias, los sucesos pueden parecer fantásticos, pero la verdad es que varios miles de hombres y mujeres, de ambos bandos, sufrieron esos momentos extremos y sobrevivieron.
En tu novela se ponen de manifiesto muchos aspectos de la violencia. Una postura arriesgada.
A pesar del pacifismo ideológico que ciega al pensamiento moderno ante la verdad, la realidad es que sería imposible que los hombres pelearan en batallas así si no amaran la lucha. A mí me encanta la lucha, aunque nunca la he practicado con espadas ni con armas de fuego. De hecho, la literatura, los diarios y las cartas de los guerreros a lo largo de la historia son testimonio de esta pasión, este regocijo, este éxtasis. Pero la otra cara de la moneda -el horror, el miedo, el dolor- también está retratada. Tengo un agudo sentido del movimiento físico, ya que ha practicado karate durante veinticinco años. Los manuales de combate con armas del Renacimiento son muy parecidos a los manuales de karate, hasta las ilustraciones son casi iguales. Me gusta meterme en los cuerpos de mis personajes, no sólo en las batallas, sino en cualquier situación. Vivimos en nuestros cuerpos; yo soy muy consciente de mi yo físico y no puedo evitar el trasladar esta percepción a mis novelas. Para mí, lo que mis personajes hacen y sienten físicamente es más importante que sus pensamientos. El olor, el sudor, el cansancio y el dolor. Recuerdo cómo me he sentido en los combates y, al escribir, multiplico esa sensación para reflejar las condiciones extremas -el calor, la armadura, el peso de las armas-. Entonces imagino el caos, la locura y el horror, y el miedo, el regocijo y la alegría -todas ellas emociones que van unidas- que sucede en esas situaciones.
La concepción de la violencia en nuestros días es completamente distinta a la del siglo XVI.
Un futbolista que marca un gran gol siente una oleada de alegría, triunfo y regocijo. ¿Por qué no debería sentir lo mismo un hombre que lucha por su vida cuando mata a un oponente? Emocionalmente y en otros aspectos, matar es un comportamiento humano increíblemente complejo, y espero que la novela lo refleje. Pero una batalla realmente contiene alegría. Si no fuera así, ¿cómo sería posible conseguir tantos hombres ansiosos por tomar parte en ella? Los hombres se lanzan a la guerra. Meterme en las escenas de acción de mi novela requería aceptar esta realidad. Tuve que rechazar las falsas creencias de nuestro tiempo en relación a la guerra. Culturalmente, exigimos a nuestra mitología moderna, especialmente a la que viene de Hollywood, que el héroe sea un experto asesino pero que al mismo tiempo odie tener que matar. Eso es una mentira, concebida para adecuarse a nuestra ideología pacifista y, al mismo tiempo, permitirnos gozar de la emoción de la violencia. Me gusta lo que dijo Coppola de Apocalypse Now: «No es una película contra la guerra. Es una película contra la mentira.» También citar el título del fabuloso libro de Chris Hedges La guerra es la fuerza que nos da sentido. Después de muchos milenios de filósofos alabando a la paz, la guerra sigue proliferando. Como mínimo, parte de la razón es que los hombres aman la guerra; no sólo el combate, sino el hecho de que todas las relaciones humanas se intensifican con la guerra. Y así es en La Orden.
Vamos a disfrutar de nuevas aventuras de Mattias?
Claro que sí. Su próximo viaje lo lleva a París en 1572, durante la Masacre de san Bartolomé y las guerras de los hugonotes. Se titulará Twelve Children of Paris y tendrá un ritmo más intenso, más de thriller que La Orden, porque los hechos suceden en unos pocos días en lugar de durante meses.
Por favor, unas palabras para nuestros lectores: ¿Qué van a encontrar en su novela?
Encontrarán un gran retrato de un mundo hermoso y cruel. Encontrarán drama, emoción, horror y amor. El amor tiene caras muy distintas en esta novela, tal como sucede en la vida. Es un libro apasionado sobre gente apasionada en una época apasionada. Espero que encuentren una gran historia y personajes que recuerden durante mucho tiempo.