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14/06/2012
Rafael Santandreu: «La gente tiene más miedo a la desaprobación y a quedarse solo que a nada más en el mundo»
(Barcelona, 1969) Ejerce como psicólogo en su consulta de Barcelona. Tras su estapa como profesor en la Universidad Ramon Llull, también se dedica a la docencia y a la divulgación a través de medios como la revista Mente Sana, de la que ha sido redactor jefe. El arte de no amargarse la vida, es su última novela.
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Quien se amarga… ¿es porque quiere?
A nadie le gusta pasarlo mal. Lo que pasa es que no nos damos cuenta de que nos amargamos nosotros mismos. Por ejemplo, yo oigo que mucha gente dice algo así como: «¡Pepe me pone de los nervios!». Y yo les digo: «Eso no es posible. Lo que sucede es que tú te pones de los nervios al decirte que lo que hace Pepe es intolerable». Eres tú -con tu diálogo interno- quien se enfada, se estresa, se entristece… Darse cuenta de eso y ponerse las pilas para cambiarlo es la base de la terapia racional.

En tu libro dices que deseamos más de lo que necesitamos y que nos tomamos a la tremenda cosas sin importancia. ¿Cuál es el primer paso para evitar los dos extremos? Darse cuenta a un nivel profundo que necesitamos muy poco para estar bien. El agua, la comida del día y un poco de techo para los días malos. Viviendo en el albergue público ya podríamos ser muy felices.

Nuestro equilibrio emocional, ¿está en horas bajas? ¿Puede decirse que, en cierto modo, somos una sociedad de quejicas? ¡Absolutamente! Nos quejamos todo el tiempo… No solo de presuntas desventajas materiales, sino también inmateriales: «¡Necesito tener amigos, novia, piso en propiedad… Y si no lo consigo, soy un maldito gusano!».

Durante la posguerra la gente se deprimía mucho menos. Aquella generación, ¿sabía algo que nosotros hemos olvidado? Hasta los años setenta la gente era fuerte y sana. Hasta que se inventó el «usar y tirar», la superabundancia y el tamaño king size de las hamburguesas. La locura del «más es siempre mejor» se ha generalizado en los implantes de pecho y otros excesos. El último es la pretensión de vivir hasta los 150 años… Sí, hemos olvidado los términos humildad, sosiego, armonía, renuncia, naturalidad…

¿Qué nos da más miedo, la soledad o la crisis? La soledad, sin duda. La gente tiene más miedo a la desaprobación y a quedarse sola que a nada más en el mundo, lo cual es una tontería porque a) es imposible quedarse completamente solo; b) la compañía está bien, pero hay cientos de otras gratificaciones. Cuando te das cuenta de ello en profundidad, el miedo a la soledad desaparece como por arte de magia: ¡qué liberación!

¿Tenemos que redefinir conceptos como éxito? La palabra éxito está bien, aunque no hay que darle tanta importancia. El problema es la palabra fracaso. Esa sí que hay que hacerla desaparecer de los diccionarios… Fracasar significa «errar» con un tinte peyorativo, y yo no veo el problema a «errar». Fallar no tiene importancia, porque la vida es un juego: lo importante es participar, no fallar o acertar. Dentro de nada estaremos todos muertos… Por lo tanto, ¿quién dice que hay que acertar? ¿Para qué? Si lo único que necesitamos es un poco de agua y comida… ¿por qué iba a ser tan importante no fallar?

¿Qué es lo que más sobrevaloramos y lo que más infelices nos hace? Lo más sobrevalorado es la pareja y lo que más infelices nos hace es la desaprobación de los demás (que nos denuesten, que nos falten el respeto…).

¿La pareja no es importante? No mucho. Eso es un mito. El 50 % de las parejas modernas no aguantan diez años y solo el 25 % están juntas más de quince. Las parejas casi lo pasan más mal que bien. Un día de estos cambiaremos el sistema de «pareja monógama para toda la vida» y será un alivio para todos, incluidos los hijos.

Entre las creencias que nos inculcan desde pequeños, ¿cuál es la más dañina? «Hay que ser responsable y cumplir con las obligaciones».

¿No hay que ser responsable? Mucho menos de lo que nos enseñan. El motor del disfrute es enorme; el de la obligación, mediocre. Los niños deberían aprender a hacer las cosas por gusto y entender que el bien común es genial. Todo lo demás no sirve para nada: solo para volvernos seres miedosos y neuróticos. Si las personas no comprenden que hacer las cosas bien –pocas pero bien– es mejor, no es necesario que lo hagan… hacerlo de otra manera no serviría para nada bueno. De hecho, lo que nos iría muy bien es que la gente hiciese muchas menos cosas: que parasen de una vez…

No entiendo… El matemático y filósofo Blaise Pascal dijo: «Todos los males de la humanidad proceden de la incapacidad del hombre para estar sentado en una silla sin hacer nada. Como no puede, la arma». Tanta obligación solo sirve para esquilmar el planeta.

¿Por qué tenemos tanto miedo al ridículo? Porque tenemos la creencia irracional siguiente: «Necesito la aprobación de los demás». Sin embargo, si aprendemos que solo necesitamos la aprobación de unos pocos, la gente que tienes más cercana –y tampoco todo el tiempo–, pierdes ese miedo al ridículo. Yo tenía miedo a hablar en público y lo perdí completamente gracias a meterme en la cabeza esta idea. Cuando me convencí por activa y por pasiva de ello, simplemente el miedo desapareció.

¿Cómo convencernos de que es posible aprender a ser positivos? Es que no tenemos que ser positivos, sino realistas. La realidad es que la vida es muy fácil, es un chollo porque necesitamos muy poco para estar bien. Y si sabemos ver las oportunidades, siempre encontraremos fabulosos proyectos y posibilidades de disfrute. Por otro lado, dramatizar, cabrearse y deprimirse no sirve para nada. Si tuviese ventajas, escribiría un libro aconsejando hacerlo, pero no es así.

¿La vida es más sencilla de lo que nos parece? Absolutamente, pero nos empeñamos en complicárnosla con exigencias irracionales. Y eso ya lo dijo Charles Darwin: «En todos los viajes que he hecho he comprobado que el destino del hombre es ser muy feliz, porque así son todas las especies que he estudiado. ¿Qué hacemos actualmente para no serlo? Vivir de forma antinatural». Esa forma artificial de vivir viene dada por nuestra tendencia a crear necesidades ficticias.

Aparte de la terapia cognitiva, ¿recomiendas prestar más atención a la filosofía oriental? Es una de las bases de la terapia cognitiva; de modo que sí, la recomiendo. Todo lo relativo al budismo, al zen y al tao nos irá muy bien. Aunque el cristianismo bien entendido es una maravillosa guía de vida.

¿Algún consejo para disfrutar de la vida pase lo que pase? Fijarte en el científico Stephen Hawking, del que describo su filosofía personal en mi libro. Él está en silla de ruedas desde hace más de treinta y cinco años y es uno de los mejores científicos del mundo y, sobre todo, es muy feliz. Cuando te estés amargando por algo, pregúntate: «¿qué me diría Hawking de mi adversidad?».