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¡Lee un fragmento!
  • Puerto escondido

    «El paisaje lo iba sumergiendo, de forma progresiva e inexorable, en un suave aire veraniego, en esa resuelta alegría estival que se respira de forma ligera y sin pretensiones. Casi podía sentir ya el bullicio del pueblo, marinero y vital, que renacía cada verano, cuando regresaban a él las pequeñas masas humanas de las ciudades interiores, desplegando barreras de olvido temporal hacia sus trabajos y hacia sus otras rutinas, no bañadas por el mar ni por el sol con sabor a salitre.»

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  • El castillo

    «Empezó a respirar con dificultad, su pulso se aceleró y sintió una presión dolorosa en el pecho. Separó los labios todo lo que pudo para lograr que entrara más aire, era inútil. La penumbra era espesa y fría como la nieve de la montaña. Alzó la vista y miró a su alrededor, no lograba ver con claridad, pero ella sabía que allí había algo. Entonces lo percibió. Su respiración volvió a serenarse, la presión desapareció y fue calmando el ritmo de su joven corazón..»

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  • Soy Pilgrim

    «Hay lugares que recordaré toda la vida: la Plaza Roja barrida por un viento cálido, el dormitorio de mi madre, ubicado en el lado malo de la carretera 8-Mile, los interminables jardines de un elegante hogar de adopción, un hombre aguardando para matarme en un grupo de ruinas conocido como el Teatro de la Muerte... Sin embargo, nada está tan grabado a fuego en mi memoria como aquel hotelucho de Nueva York sin ascensor: cortinas raídas, muebles baratos, una mesa repleta de metanfetaminas y otras drogas...»

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  • Agatha Raisin y la jardinera plantada

    «El templado y húmedo invierno se estaba transformando ya en primavera cuando Agatha Raisin regresó conduciendo lentamente a su casa, en el pueblo de Carsely, tras unas largas vacaciones. Se convenció a sí misma de haberlo pasado de maravilla, lejos de aquel lugar de mala muerte. Había estado en Nueva York, en las Bermudas, en Montreal, para luego ir a París, Italia, Grecia y, por último, Turquía. Aunque era una mujer acaudalada, no estaba acostumbrada a gastar tal cantidad de dinero en sí misma, y se sentía confusamente culpable.»

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  • La sombra de la memoria

    «A la ambulancia le faltan todavía varios kilómetros para llegar cuando Dana despierta en la penumbra de la noche recién caída. La sirena perfora la nube de humos de la ronda con gemidos finos como el papel mientras ella abre los ojos y se ve echada en el sofá de su casa de Paterson, un barrio residencial a tiro de piedra de Manhattan pero al mismo tiempo un mundo completamente distinto.»

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