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¡Lee un fragmento!
  • El invierno en tu rostro

    «Cráneos. La forma definida de los huesos bajo la piel de pergamino, transparente. Unas cuencas vacías la observan, suplican. Fantasmas en blanco y negro. Huele a pólvora y a sangre. Los rusos borrachos gritan canciones desafinadas que no puede entender. Están cerca, muy cerca. Ojos orientales y bocas podridas; aliento de vodka. La amenaza de un fusil y obscenidades a la cara. Na kaleni, Fashistakaia Suka! «¡Arrodíllate, fascista hija de perra!»»

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  • El ladrón de niebla

    «La lluvia repiqueteaba en los cristales empañados del bar. Más allá de las ventanas las figuras se movían presurosas, los contornos desenfocados como negativos de fotografías, y se precipitaban dentro de tiendas y locales ya abarrotados, en espera de que el cielo se serenase y recuperase la sonrisa. Un repentino chaparrón justo en mitad de un día despejado es un acontecimiento más bien improbable, pero en marzo, el mes más loco del año, todo resulta maravillosamente posible.»

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  • Esa puta tan distinguida

    «1) Ahí va, señorita. Lo toma o lo deja. Yo solo respondo por escrito. 2) Porque siempre he confiado más en la escritura que en el blablablá. 3) Hijo adoptivo y de incierto origen biológico. 4) Habría preferido nacer en otra época, en otro país, con ojos azules y un hoyuelo en la barbilla. 5) No perdamos el tiempo con bobadas. No milito bajo ninguna bandera. Decía Flaubert que todas están llenas de sangre y de mierda y que ya va siendo hora de acabar con ellas.»

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  • La viuda

    «Puedo oír el ruido que hace la mujer al recorrer el sendero. Sus pasos son pesados y lleva zapatos de tacón. Ya casi ha llegado a la puerta, y vacila y se aparta el pelo de la cara. Va bien vestida. Chaqueta de botones grandes, un respetable vestido debajo y las gafas sobre la cabeza. No es un testigo de Jehová ni un miembro del Partido Laborista. Debe de ser periodista, pero no parece la típica reportera.»

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  • Última llamada

    «El programa había empezado a las doce en punto, como cada noche. En los casi diez años que llevaban en antena jamás habían comenzado con retraso. Daniel tenía muchos defectos, pero su sentido de la puntualidad era impecable. Primero, su ya clásica entrada hablando de algún que otro tema de actualidad; después, las secciones de cada uno de los contertulios, y, por último, la mesa redonda donde los oyentes podían entrar en directo y contar sus experiencias o preguntar sobre cualquiera de los temas que se tocaban en el programa.»

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